SERÁ SÓLO LUIS, DIGO YO…

Posted on October 27, 2013

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Tiene los ojos claros, detrás de unas gafas de concha grandes, como si quisiera verlo todo bien, que no se le escape ningún detalle. Cuando te mira, te mira de verdad y da la sensación de que te está haciendo caso. No como esos otros que te traspasan con los ojos y están pensando en sus cosas.

Las manos, sarmentosas, cuentan calladas una vida. Se abrazan y se separan como amantes indecisos. Una de ellas lleva puesta una corona de rolex tímido, cabeza de tortuga bajo la manga de la camisa sin gemelos, tan discreto que parece disfrazado de baratija decomisada.

Se mueve con una gracia fredasteriana aderezada con la nobleza que aporta la edad. La espalda, un poco cargada por tanta historia, por tanta vida vivida. Se echa las manos atrás y mueve un par de zapatos más cómodos que bonitos que se asoman por el centro para verse las caras.

Con la soltura de quien ya no tiene que demostrar nada, ni en un sentido ni en otro, cuenta su verdad sin querer convencer, sólo porque le da la gana contarla. De paisaje, el mismo despacho que ya lo acogió en otras épocas. Al final, la vida es un bumerán, como el rocanrol de Miguel Ríos.

Al fondo, una rosa roja, tan perfecta y brillante que parece de verdad, saluda al mundo desde un búcaro con tintes de papamóvil y le guiña un ojo a la enorme bandera de España que ayer no estaba y hoy sí, bajo la atenta mirada de la versión de sí mismo en plano americano y carboncillo, el mismo cuadro que parece tararear cuando suena La Internacional en el móvil.

En las repisas, fotos con representantes de la Guardia Civil, con líderes de la economía y la política. Entre medias, un ladrillo que le recuerda –como si hiciera falta!- que hubo una época en la que fue perseguido por pensar y decir que pensaba. Desde arriba y al oeste, lo mira su yo pasado y futuro desde un escaño del parlamento. Qué vida esta; y nos la queríamos perder…

Desvela con el interés y el desinterés de quien ya ha estado ahí y ha regresado mil veces, los secretos de un despacho, de una sala, de un teléfono de calamina que sabe más de la historia de este país que casi todos los que saldrán de la facultad de ese negociado en los próximos cien años.

Sonríe y te despide con un buen deseo que suena a corazón, no a frase hecha. Y te marchas, con su tarjeta de presidente en el bolsillo y ganas de más, de que no se calle nunca, porque cada vez que abre la boca, aprendes algo.

En el ascensor, piensas que tiene cara de haber sido Luisito, don Luis, señor presidente, su señoría e incluso rojo de mierda. Ahora da más la sensación de ser simplemente Luis. Sobre todo, cuando se pasa los dedos por el flequillo blanco. Dejas atrás el educado saludo de las recepcionistas y los vigilantes y te dices por dentro será sólo Luis, digo yo…

PD: a Luis Solana, historia viva de este país

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