LA ESPAÑA PROFUNDA

Posted on November 14, 2013

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La España profunda viste de garrafón y bebe café “mojado”, con anís o coñá, que resbala por tráqueas desabotonadas, pero protegidas por santos y cristos atados de oro chapado y abrigos de nicotina de aluvión, acumulada en círculos, como los troncos de los árboles escuchimizados que malviven agarrados a las aceras, entre cagarrutas de perro y colillas espachurradas, y miran a tiendas en las que lo único importante sigue siendo el contenido, porque los escaparates, como las fachadas, son feos de nacimiento y les ha sentado mal el paso de los años, que intentan disimular con colorete de eventos culturales de tercera.

En la España profunda, las cafeterías se llaman edén o paraíso, porque está tan lejos de eso, que es difícil imaginar tales lugares, y cualquier cosa que huela a bebida caliente o que caliente se identifica con el Olimpo de los dioses, en el que viven futbolistas repeinados y concursantes de programas de televisión amañados que orean sus supuestos asuntos de tálamo como sus abuelas la ropa blanca sujeta a cuerdas por pinzas de resignación y mala leche.

Pero, en la España profunda, la gente se agacha a recoger un papel que se te ha caído, los policías municipales sonríen y, cuando preguntas una dirección, te acompañan -para que no te pierdas- a su ritmo, que no es que sea lento, es que es lógico aunque anormal para quienes venimos de la España no profunda, la superficial, la del postureo, las prisas y las ganas de vivir, porque lo que tenemos no es vida, es un sucedáneo de vorágine de importancia y relumbrón, de quedar con los amigos con dos semanas de anticipación o más, porque para no hay tiempo para ellos, mientras que los del otro lado, los de la abisal, ni siquiera quedan, simplemente se encuentran porque quien tiene interés en verse, se ve.

Por eso, la España profunda me duele más, como a aquel; me duele la desaparición paulatina e implacable de un modus vivendi en vías de extinción, me duele que se caigan los baldosines blancos, brillantes de sudor y lágrimas de peskateras que te dan la receta y te dicen que también la cocina lleva su propio ritmo, como el amor, como un loco en medio de la kale nagusia, con la mirada extraviada y su letanía: ten paciencia que saldrá noticia…