ETIQUETAS

Posted on November 20, 2013

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P.D.: Esta es una historia real.

Qué más da cómo se llame. Ponle el nombre que quieras. Me mira con la cara de los diez años, con la inocencia agarrada a las costuras de su esqueleto, que no se quiere marchar, aunque sea la hora. Tiene los ojos transparentes y la sonrisa fácil. Y habla.

Va a la clase de mi hijo. Lo veo entre sus compañeros y me parece igual que todos, igual que el mío. Los mismos pantalones de chándal retorcidos, que no acaba uno nunca de entender cómo son capaces de llevarlos así, si es más difícil que ponérselos bien. La misma cazadora sujeta por la capucha, como cuando de pequeños nosotros imitábamos a esos señores oscuros que echaban el carbón en los sótanos de casa, capazo a capazo encaramado a las clavículas -no había servicios de prevención de riesgos laborales en aquellos entonces-. Lleva las mismas cosas en los bolsillos, los mismos cromos de esquinas vapuleadas, el mismo pañuelo de papel revenido, las mismas migas, porque en los bolsillos de los niños españoles siempre hay migas, deben de nacer de forma espontánea.

Me enseña un diente que se le ha caído. Su mochila nueva. Me cuenta qué asignaturas tiene. Y se marcha a clase con el sonido de la campana, que bien podría ser el de su mano agitada.

Sus maestros, psicólogos, psiquiatras, apetés, logopedas, profesores de apoyo y demás llevan siete años intentando ponerle una etiqueta. Le han hecho más tests que exámenes, han dedicado más tiempo a analizarlo que a conocerlo. Cada uno cuenta su síntoma, que si no mira a los ojos, que si se distrae, que si vive en un mundo de fantasía [ya conté que una vez me dijeron que mi hijo, con tres años, tenía demasiada imaginación. Cómo puede tener un niño de tres años demasiada imaginación?]. Uno de ellos, todo serio, me comenta que no le interesan los otros niños y no les hace caso. Cuando escucho las conversaciones de sus compañeros, no me extraña que le aburran. A él le dan igual el fútbol o one direction.

He aquí a un montón de adultos intentando hacer que la pieza encaje en el puzzle. Con la mejor de sus intenciones, por supuesto. Sus padres me miran con cara de no entender nada. Después de siete años, siguen sin saber qué le pasa a su hijo. A ratos se culpan, tal vez no lo hemos sabido educar bien. Los padres siempre tienen la culpa de todo.

Luego, cuando nos quedamos solos, me cuenta que le gusta la música, la guerra de las galaxias, el diario de greg, los libros. Es decir, lo mismo que a mi hijo o a cualquiera. Lee bien, aunque no escribe igual, por supuesto. No saca malas notas, tampoco buenas.

El adjetivo que más oigo referido a él es “diferente”. Estoy de acuerdo.

Nos despedimos y se marcha con sus juegos, en su mundo de colores. Y me pregunto, por qué hemos creado una sociedad en la que hemos asesinado sin piedad la individualidad, la diferencia, el ser único. Hay que formar parte de la norma, hay que cumplir con los plazos para aprender a andar, a hablar, a escribir. Hay que llevarse bien con los pares, aunque no tengan nada que ver contigo. Hay que pegar fuego al mundo interior de cada uno y sustituirlo por una televisión.

Y, sobre todo, hay que llevar una etiqueta pegada a la frente: “normal”. O, si no, te ponen otra…

Desaparece entre el resto de seres humanos de reducidas dimensiones que pueblan el patio del colegio y la única etiqueta que puedo ponerle es su nombre, qué más da el que sea.

 

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