A ESO DE LAS CUATRO DE LA TARDE

Posted on February 20, 2014

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A eso de las cuatro de la tarde, en los rincones del distrito financiero madrileño, los white collards apuran la última calada del cigarrillo, el último minuto de calle y cielo antes de regresar al redil.

Se quedan flotando en el aire, como nubes despistadas tras la tormenta, las sílabas desprendidas de la frase postrera, saltimbanquis infantiles que juegan a la rayuela con el punto y final.

Se borran las imágenes del gol de turno, ruedan los créditos de la película en cuestión, al toque de un silbato no por imaginario menos real.

En breve, sólo restan los últimos hilos azules de la telaraña cancerígena, haciendo señales para ser recogidas por quienes hace tiempo que dejaron de escuchar aquel su tabaco, gracias no por falta de ganas, sino de posibles.

Salen ahora los que van a contratiempo, con sus uniformes marrones, azules o blancos, en función del gremio. Ríen y lloran con más ganas, porque no tienen que aparentar ni gustar a nadie. Bailan las limpiadoras caribeñas, cotillean las recepcionistas y los de mantenimiento les tiran los tejos con el descaro de quien sabe que no se juega nada.

Empaquetados en enormes cajas de cristal, como si de un extraño zoo se tratara o de muñecos de un juego de un niño gigante, los habitantes de un planeta protegido por una pompa de jabón se afanan en sus días y venidas.

Cada cual cuenta las horas según su propia conveniencia. Hay quien las que faltan para escapar, quien las que restan para llegar a una cárcel peor, con rejas de gritos y problemas, en la que ni siquiera mandan.

Como es invierno, el cielo de la capital, novia adolescente que se despide en un portal, se pone rojo antes de desaparecer y cubrir con una catarata de luz artificial el universo entero.

Mañana será otro día. Con más cigarrillos apurados a la carrera, con más bailes caribeños, con más cielos rojos e invisibles.

Posted in: MADRID