SIN ARISTAS

Posted on March 12, 2014

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PD: a veces, uno se encuentra cosas en la bberry que merecen ser publicadas dos veces.

Lo veo venir, con su plato de comida en las manos y la sonrisa incansable en el rostro. Se sienta y me fijo en su carota grande, redonda, sin esquinas ni aristas, como su corazón.

Con la libertad que otorga la anarquía vacacional, lo observo en su verdadera naturaleza, sin orden, ni concierto, con los ojos de madera barnizada de alegría, su pelo de pincho, sus manitas que se asoman por las mangas, como tortugas con miedo a que les hagan daño. Todavía a veces se agarra a las mías y siento su fragilidad en este mundo descomunal.

Mira fijamente durante un buen rato en la misma dirección, un poco a babor de mi hombro. Picado por la curiosidad, me giro, pensando que un cuadro, un adorno, ha llamado su atención, y descubro a una niña de rizos dorados y ojos azules con la que mantiene una de esas conversaciones sin palabras en las que se dice todo, sin decir nada. Cada vez que sus padres se despistan, ellos dos se dicen sus frases.

Le hago notar que me he dado cuenta de su juego y le llamo ligón y me río, sólo por el placer de ver su rostro encarnado, la mirada baja y el intento -sin mucho ímpetu- de negarme la mayor.

Me doy cuenta de lo niño que sigue siendo y de lo adulto que parece en ocasiones, cuando pide una cucharilla a la camarera o entrega serio la cuenta, como si fuese a sacar su cartera sobre la marcha. Y siento la pena inmensa y la alegría de ver cómo la infancia se le va escapando por los bolsillos ajados del pantalón.

Luego se va a por el postre, con sus andares desgarbados y la impenitente etiqueta de los gallumbos ondeando, cual bandera blanca que exhibiese sus intenciones ante la vida.

Lo veo caminar, despistarse, acercarse a algo que le ha llamado la atención, chocarse, quejarse, reírse y regresar con otra cosa completamente diferente a la anunciada. Cuando le pregunto qué le ha hecho cambiar de opinión, se encoge de hombros, como si fuese irrelevante.

Tan en su mundo, tan reacio a vivir en la realidad, tan ajeno a las normas y conveniencias.

Y, de tarde en tarde, me da por pensar en cuánto se parece a mí, como una versión de mi yo más sabia, más pequeña, más bonita.

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