DANIEL. UNA HISTORIA REAL

Posted on April 8, 2014

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Lo primero que escucha de verdad, de forma consciente, es el mismo venga Daniel, que me tengo que marchar de cada día. Hoy, como es lunes, la voz suena un poco más impaciente que de costumbre. Ya voy mamá, murmura. Y se frota los ojos como sólo los niños de diez años saben hacerlo, en ese instante en que son bebés hipertrofiados, con legañas y rastros de saliva en las comisuras de la boca.

Escucha el cierre de la puerta y se levanta al baño. Se lava quizá porque a la naturaleza a veces le da por compensar carencias. Se intenta colocar el pelo rebelde, pero no lo consigue.

Se detiene un instante frente a la puerta semiabierta de la habitación de sus padres. La cama sin una arruga. Todo recogido. Mamá siempre ha sido tan ordenada…

Pegada en la puerta de la nevera, una pizarra le muestra el mensaje de todos los días coge algo para desayunar te quiero mamá.

Sonríe. A él le basta con eso. No echa de menos pasar más tiempo con sus padres, porque no se echa de menos lo que no se ha tenido nunca. No se queja. No les echa la culpa de nada. Trabajan como locos para que él pueda tener una educación. Sus hermanos andan lejos y, en ocasiones, también necesitan ayuda, que son tan hijos como él.

Abre el frigorífico y sonríe. Ya sabe lo que quiere hoy para desayunar.

En el colegio, a la hora del recreo, un pequeño remolino y el vórtice es Daniel. Enseña orgulloso su desayuno de hoy. Es la envidia de todos. Se pavonea y se da importancia. Para un adulto, sólo es una lata de refresco. Para ellos, un tesoro, un lujo, Dom Perignon de patio.

Hoy será la comidilla en todos los hogares, menos en el suyo. Allí, nadie se enterará de su hazaña. Y, para la semana que viene, ya tiene pensada una mejor: cerveza sin alcohol.

PD: Por supuesto, no se llama Daniel. Pero es igual de real. Es compañero de clase de mi hijo. No necesito ser sociólogo ni hacer una investigación para saber que su historia es la de miles de niños que padecen la peor de las soledades. Somos incapaces de evaluar los efectos a largo plazo que puede tener esta situación en su mente y, sobre todo, en su capacidad para ser felices.

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