EL CUESCO

Posted on August 3, 2014

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PD: esta es una historia real. Estará llena de imprecisiones. Espero que nadie me lo tenga en cuenta.

Don Daniel, azabache y luna como había lucido los últimos cuarenta años de su existencia, serio el rictus, se sentó a la mesa como cada día a las dos menos un minuto. Se ajustó ligeramente la corbata, en un gesto más nervioso que necesario, puesto que tanto el nudo como la colocación eran impecables, y contempló el segundero del reloj abrazado a su muñeca izquierda.

Al llegar la aguja al punto medio ente el uno y el dos, apretó el botón situado bajo la mesa. Y, también como cada día, comenzó a ponerse nervioso.

Su mujer, doña Carmen, que tenía los ojos en sombra pero la mirada serena y rebosante de cariño por el hombre que compartió su profesión y sus sueños, hizo un gesto. Don Daniel le devolvió un rostro duro y frío. Tal era su muda conversación de cada jornada.

Dos plantas más abajo, la hora del cierre repartía prisas y risas a partes iguales. Corred, corred, que queda un minuto.

A las dos y cinco exactas, doña Carmen servía la comida. Quien no estuviese sentado en ese momento, se quedaba sin almuerzo.

Para don Daniel, la mesa era sagrada. Casi todo lo era. Años después, su hijo Gabriel [el segundo y el primero en seguir sus pasos, más por obligación que por devoción, pero los hijos están para obedecer a sus padres, diría él] bromeaba con sus propios vástagos al decir aquello de en la canta no se mesa y en la porquería no se hacen platos. Y ellos, a su vez, lo dirían a los suyos, en una herencia más valiosa en su sencillez que un mechero de oro, pongamos por caso.

Y allí los tenía sentados a todos. A casi todos. Joaquín había decidido regresar a su Andalucía querida. Pero que no estuviera era casi un alivio. Seguro que ya estaría haciendo bromas y soliviantando. También estaban las mujeres de los mayores.

Salvador llegó en el último instante. La mirada de don Daniel fluctuó entre el segundero del reloj y los ojos del rezagado y su gesto se endureció más aún. Nadie podría imaginar en ese momento que semejante rostro, adusto y duro como ninguno, pudiera un día tornarse tan dulce y cariñoso como lo haría a la vista de sus nietos. Con ellos todo eran muestras de ternura y amor. Pero aquel fue, tal vez, otro hombre. Forjado a base de faltarle su mujer, tan querida a su manera; de dolerle en sus carnes las penas de sus hijos, que cada uno llevaba su propia cruz a cuestas. O, simplemente, que la edad lo reblandeció, como un plátano dejado al sol en agosto.

La mesa, larga y negra. El aparador, descomunal, con el espejo gigantesco que duplicaba la escena. Las sillas con su respaldo de mimbre trenzado y su estructura de madera sólida. Todo en la estancia era pesado y ceremonioso. Como le gustaban a don Daniel las cosas.

Bajó la cabeza y rezó. Una vez terminada la plegaria, escuchó el murmullo de amenes y empezaron a comer.

Todo fue bien hasta el postre. Doña Carmen había preparado naranja. Todos andaban rumiando sus respectivas frutas, cuando -después de un rato de estarlo viendo trastear bajo la mesa- la mujer preguntó con un punto entre impaciente y curioso qué te pasa, Daniel?

Con la cabeza todavía debajo de la mesa, se escuchó la respuesta. Nada, que se me ha caído un cuesco. Para quien no lo sepa, en su Málaga natal, a los pipos de las frutas se los denomina cuesco. Pero, como es obvio, todos los comensales pensaron en la otra acepción del término, oséase, ventosidad ruidosa expelida por el ano [sic].

Don Daniel levantó el rostro y contempló los gestos de carcajadas contenidas de los comensales. Y, por primera vez en su vida desde que tenía uso de razón, se rió. Fue una risa más que discreta, esa es la verdad. Pero risa al fin y al cabo.

Con ella, se abrió la veda para que todos los demás soltaran lo que llevaban dentro. Hasta la propia doña Carmen agitó ligeramente los hombros.

Ante la imposibilidad de restablecer el orden, don Daniel dio por finalizado el almuerzo entre las chanzas de sus hijos que se preguntaban unos a otros si tenían todos sus cuescos o se les había caído alguno.

Más tarde, esa misma noche, al deshacer el sempiterno nudo de la corbata, frente al espejo, se le escapó otra sonrisa al recordar los hechos, y pudo contemplar su propia cara al hacerlo.

Al día siguiente, a las dos menos un minuto, don Daniel se sentó a la mesa, con su gesto serio y adusto de siempre. Y nunca más se volvió a hablar de cuescos a la hora del almuerzo, ni hubo más risas.

Por lo menos, hasta que llegaron los nietos.

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