MADRID EN CALDERILLA

Posted on December 16, 2014

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Al Madrid de peine y corbata y carteras bien alimentadas, se le caen cuesta arriba las monedas. Se ve que ese movimiento asalmonado provoca mayor desgaste, porque cuanto más arriba estás, menores son los tamaños de los cuatro cuartos.

Las tiendas de tecnología con obsolescencia programada para ya, dejan paso a las bragas de medio euro, que son feas y malas pero, total, para lo que van a durar puestas…

En un escaparate indigente, se arraciman los libros. Las páginas parecen fichas policiales de tanto índice húmedo que ha ido a posar en sus esquinas las huellas del delito. Hay quien dobla esos triángulos de recuerdo olvidado. Hay quien subraya para un mañana que no llegará o lo hará cargado de Alzheimer a media potencia. Cuando le alargas al librero los dos euros que vale la literatura reciclada, se asegura de que no hayas pagado de más [estaba en los de a dos euros seguro?, no será de los de a uno? Las aes no son suyas, son mías porque me gusta más así] en lugar de lo que harían, tal vez, algunos de los de más abajo, no todos. Te ofrece una bolsa pero no, que es de plástico y un libro recién comprado, como los bebés, cabe en cualquier sitio.

Los bulevares, llegados a este punto, prefieren agachar la cabeza que traen desde las nubes, como si sintiesen vergüenza ante tanta ignominia, como beatonas que sintiesen el pecado en su propio sexo.

En una esquina sin terminar, chusco, eremita y un tanto fuera de juego, un pedazo de Palermo, una salpicadura de salsa de tomate, llena el ambiente de aroma de orégano y runrún musicado. Allí, se expenden pedacitos de felicidad envueltos en masa de panino o en el rebozado de los arancini, grandes como cagarrutas de ovejas sobredimensionadas. Con ese hablar que tienen los de la zona, te preguntan qué deseas y te engatusan con las solas miradas tiernas y adolescentes sacadas a paletadas de un horno diminuto. Y te das cuenta de que lo que deseas en realidad es quedarte ahí, al amor de la lumbre y del perfume enharinado del queso.

Una biblioteca pública ondea su bandera de cultura donde menos falta parece hacer. O más, eso vaya usted a saber, que habas cuecen en todas partes.

Acaba la cuesta y con ella el viaje. Apenas unas miserables perras chicas llegan a jugar a san Lorenzo y bailar al son de la paleta del castañero.

Nada queda para la hucha. Solo el lento desencuadernarse de los libros de recuelo, el deshilacharse de los tangas al peso, el deshilvanarse de los sueños de juventud tendidos en cuerdas renegridas.

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