MADRID, DE MANERA PAULATINA

Posted on January 28, 2015

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Madrid, que a primera vista, para el que descarga sus maletas en atocha, puede resultar fría, distante e incluso desapacible, es a ratos como los cuadros de Velázquez, para mirar despacio y apreciar poco a poco, de manera paulatina.

En Madrid, en enero, a la sombra te pelas de frío, pero si buscas una acera con sol, te puedes dejar caer por el flequillo oblicuo que se desmaya desde la calle princesa y, sin darte cuenta, terminar en pleno barrio de las letras, donde los coches tienen prohibida la entrada para que no distraigan con el clocló de sus ruedas sobre los adoquines a los chinos, magrebíes y demás madrileños de nuevo cuño, que no lo son menos que uno de ponferrada, por ejemplo, o un pseudogato como yo.

Dejas atrás la versión pragmática y oficinista que crees conocer y descubres un mundo de callejuelas en las que se esconden restaurantes senegaleses, terrazas de ladrillo visto, niñas extrañas que venden singles de vinilo a tres euros y libros que te saltan al cuello desde cualquier estantería. Te riegan los pies con té de pakistán o de cualquier otro sitio, con la única condición de que suene lejano. Y sabe mejor cuando se remueve con cucharillas robadas de cuando en los aviones las cosas eran de verdad.

Sin sentido ni razón, se enciende un foco y hace de una mesa de cafetín un escenario en el que no se representa ninguna función, porque aquí todo el mundo es como es, auténtico, y se deja atrás el buenrollismo y el arreglarse el peinado de otros lugares. Ilumina un rostro y se paran los relojes.

Cada detalle está descuidado con primor. Cada desconchón de una pared es un lamento, un miedo, tal vez un beso y un abrazo robados al destino. Hasta las medias imposibles, dispuestas en piernas cojas de cuerpo, parecen querer contar una historia.

Cae la tarde y, como todo en Madrid, lo hace con rabia, a lo bestia. La aguja de san francisco el grande, o de cualquier otro sitio, porque a estas alturas los servicios de localización están desconectados y tanto dan latitud y longitud, escribe versos en un cielo imposible.

Lo bueno si breve, dos veces bueno. Y llega la hora de volver a atocha y cargar una vez más las maletas en el tren, cada vez menos articulado y ligero, pero tren todavía.

Atrás queda un Madrid nuevo, lleno de aire viciado que refresca los pulmones, lleno de rincones oscuros que deslumbran, en el que el teatro es la vida misma, por muchos flyers que presuman en sus expositores. En el que el tiempo se queda atascado a ratos y vuela otros. En el que las fotografías se hacen con los ojos, no con el móvil.

Y, con un escalofrío, el tren parte.

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