GRANADA

Posted on May 13, 2015

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Granada tiene un barrio blanco, gitano y cuesta arriba para algunos, para otros cuesta abajo; que mira a los ojos a una fortaleza que no lo es tanto en realidad y a una montaña alta, pero asequible a tragos de paciencia. 

Tiene calles escondidas por las que nadie transita y las de los turistas, que se arraciman en el mirador que cría la fama mientras, un poco más abajo, otros cardan la lana. 

En Granada hay una calle para los tristes y una plaza para celebrar la victoria de quien por fin consiguió conquistarla después de tanto tiempo; hay placetas con fuentes que salpican de primavera el exceso de calor; y un río en el que se mojan los pies quienes tienen el valor de desafiar el orden establecido. Muchos son los llamados y pocos los elegidos. 

En Granada, la siesta es religión, como las tapas y la cerveza. Todo sabe distinto, sabe a fiesta, a sonrisas contagiosas, a helado de cucurucho. 

Granada puedes mirarla o puedes sentirla. Puedes acariciar las hojas de los árboles y mojarte las manos en el río de plata que pasa bajo el puente amarillo. Puedes cantar, bailar, celebrar despedidas de soltera o soltero y hacer pruebas tontas, que a esas sí te siguen el juego. 

Granada huele a tomillo y a romero. Y en el patio del limonero, ajeno a las miradas de quienes se fían de guías y móviles, duerme tranquilo el espíritu del moro que se negó a abandonarla. 

No hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada, decía mi padre. Y el más ciego es el que no sabe ver.  

Si vas a Granada, ándate con cuidado. Que te puede robar algo y ya nunca lo volverás a encontrar. 
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