LA CALLE DE LA BALLESTA

Posted on May 2, 2016

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Es día de fiesta en Madrid y a solo unos centenares de metros de los beneméritos engalanados y las vallas que los guiris sortean a duras penas sin entender qué pasa aquí, en la calle de la ballesta es día laborable como todos. Las aceras huelen a sueño, a cansancio y a suciedad. Algunas esquinas atufan también a necesidad. Hay esquinas revenidas y ajadas. Las hay que intentan esconder bajo capas de pintura densas como el sudor inguinal la ruina al borde del derribo. Las fachadas tienen más grietas que ventanas y el interior de los edificios se adivina oscuro y pestilente. Hay quien a estas horas de la mañana, con un sol espléndido, busca el refugio de esos calabozos umbríos. Cuesta creer que se pueda pagar por algo así. Las esquinas esperan que alguien se detenga y encuentre algo agradable en ellas; algo bello no, porque esa batalla la saben perdida desde hace siglos. El suelo está mojado y dan ganas de pensar que son meadas, porque otras posibilidades dan más miedo y más asco. Entre tanta mierda y tanta desesperación, las esquinas parecen mirar de reojo a los viandantes despistados que pasan por allí, sin saber que en la calle de la ballesta hoy no hay dos de mayo, ni desfiles, ni discursos. En la calle de la ballesta, no hay revolución ni levantamiento popular. En la calle de la ballesta, hoy es día laborable, como todos. 

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